Noche fresca de mediados de septiembre, madrugá soñada. Tras una larga espera, ocho decenas de luceros salen de la Basílica. La acompañan a Ella. Ochenta puntos de luces para acompañar al rostro más bello de todos los que el Hombre esculpió para mostrar a la Madre de Dios.
Entre ellos, casualmente me entero de que le acompañan luceros con sabor a arenas y a camino. Son los candelabros de gusrdabrisas de la carreta del Rocío de la Hermandad del Rocío de la Macarena, cedidos para la ocasión. Importante ocasión la que se nos presenta. Acercar un poco más a los cielos a la buena de Madre María Purísima.
Dos van en la delantera y otros dos junto a la Imagen. Imposible estar más cerca de Ella. La misma luz que ha iluminado esas noches bajo un cielo de estrellas, los cantos de los romeros, los amaneceres del camino.
Los mismos cuatro candelabros que iluminan la carreta del Simpecao se desviven para reflejarse en la cara de la Esperanza. Por una noche cambian su sombrero por una vara, la chaquetilla por el traje, la arena por los sones de una banda de música y el camino, por el santo encargo de llevar la Esperanza a los enfermos del Hospital.
Benditos candelabros, que tienen la suerte de llevar con orgullo a la Macarena en sus reflejos y a la Virgen del Rocío en el corazón.


1 comentarios:
Te lo diría un guiñao fijo, jaja!!
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