Mayo queda ya muy lejos. Cuando ya no hay flores, ni volantes ni alboroto en la marisma, como tantas veces, vengo aquí a encenderte una vela. Montañas de velas, de promesas. Porque, ¿quién sabe cuántas promesas albergan cada una de esas llamas?
¿Cuántas velas se apagaron antes de tiempo?
¿Cuántas manos han pasado por aquí con una petición, una promesa o agradecimiento?
Echo de menos ese azulejo de la Virgen renegrío por el paso del tiempo y el humo de las velas. Esa sala pequeña, casi asfixiante, con aire viciado y ruido de ventilador. Pero los tiempos avanzan, las cosas cambian inevitablemente, pero el sentimiento es el mismo.
En estos días de calor, en los que ya es posible encargar el encendío de tu vela desde el mundo digital, con tu sms sin moverte de la tumbona de la playa, vengo aquí Rocío a ponerte una vela. A pedirte y agradecerte.
Cada una de las velas que arden en esta nueva capilla doblándose y consumiéndose con el paso del tiempo, esconden una historia detrás. Muchas de ellas, son historias de sufrimientos, de enfermedades, de dificultades en el camino de la vida. Muchas son auténtico reflejo de la Fe de quien las pone.
Estos avances de poner las velas por internet o por sms, no llegan a quitar encanto a lo auténtico. Con esto no quiero decir que sea lo mismo. Porque no lo es, ni mucho menos. Ni pienso mandar "un sms con la palabra vela al …." para que un almonteño me la ponga (y como no, se lo lleven económicamente calentito…) Yo pienso seguir acudiendo a la tienda de recuerdos. Comprar mis velitas a 50 céntimos y acercarme a la nueva capilla. Buscar un sitio y elegir el que más me guste y, como si de un rito establecido se tratara, concentrarme en mis pensamientos mientras enciendo y corto la mecha y la voy introduciendo en su sitio. Después, contemplar como poco a poco se funde, mientras algunas de sus compañeras caen lentamente o se apagan.


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